Un dia más…
Mañana lluviosa. 6,53 am. Estación de Yokohama. Linea Tokaido-sen. Dirección Tokyo. Suben indiferentes y somnolientos los pasajeros. Entre ellos varias estudiantes de “koko”. La falda, subida aposta más de lo normal, a media pantorrilla, deja entrever futura carne de puterío yamamba. Tez oscura. Ruidosas hasta no más y enviándose entre ellas mensajes por el móvil. Se bajan pronto. En Kawasaki. Menos mal.
Varios salary-man, hablan de beisbol, comentan el partido del Bay Stars Yokohama y el Carpa de Hiroshima. Su fuerte olor les delata. Mismo traje durante semanas. No tienen otro. Ni ganas de comprarlo. El dinero se gasta en otras cosas. Golf o pesca en alta mar. Alguno lleva traje y deportivas. Otros, en plan escayolista, llevan traje negro con calcetines blancos. La moda no va con ellos.
Sentada, al fondo, una secretaria de extrema delgadez, saca su “caja de herramientas” particular y comienza su sesión de maquillaje. Es feucha pero según avanzan las estaciones va mejorando. Más allá, casi frente a ella, otra sentakuita esta acabando su transformación. Parece guapa, increiblemente guapa, ahora. Debe venir de lejos. Ambas, ajenas a las miradas, siguen en su mundo particular. La segunda comienza a teclear su móvil en busca de algun mensaje mientras bosteza . Dientes blancos, boca grande y profunda. Hasta la campanilla.
Varias cincuentonas miran disimuladamente a los dos extranjeros que viajamos. Un negro rasta con sus trenzas mugrientas y un servidor. A saberse que pasará por sus cabezas. Un directivo a punto de jubilarse nos lanza miradas furtivas de odio. No le gustan los extranjeros, según parece. Le sostengo la mirada, acaba cediendo y advierte mi mala hostia.
Llegamos a Shinagawa, mitad de trayecto. Bajan las señoras. Hace lo propio el ejecutivo agresivo, no sin antes lanzarnos a los “gaijines” su última mirada, al tiempo que le lanzo un exabrupto por lo bajinis según pasa. Baja el moreno también.
Comienza a entrar gente en tropel, a empujones. Entran 50 ó 60 personas por la puerta más cercana al lugar donde me ubico. Se mezcla el olor a sudor de los oficinistas con los desodorantes femeninos en una gama de olores indescriptible. Tan pronto huele a kiwi, como a cereza o a sudor acre. Se acercan, mejor dicho, las acercan a empujones hacia mi a dos secretarias solteras. La ausencia de cualquier tipo de anillo las delata.
Visten elegantes, pantalones ajustados y jerseys escotados. Zapatos Gucci, abiertos, con brillantitos y cuentas, ropa interior almohadillada, para aumentar lo que no tienen. Bolso de Vuitton en bandolera una y de Prada la otra, anudado en él, un pañuelo de Hermes.
Llegamos a Tokyo Central, cambio de tren. En el trayecto observo a los mendigos de siempre rebuscando entre las papeleras. Cada vez hay más. Inundados de shochu y cercanos al coma etílico siguen ajenos a la marabunta laboral que pasa junto a ellos.
Cojo la linea Keihin y dos estaciones más alla, en Akihabara, hago transbordo a la línea definitiva que me acercará a mi trabajo. Viene hasta los topes de estudiantes de instituto. Los chicos con su traje “meiji” negro, con el mismo olor que sus padres oficinistas. También tienen un solo traje para todo un año. Las chicas con su uniforme marinero. Parece una jaula de grillos en plena algarabía.
Cuatro estaciones más y salimos a empujones. Una riada humana se precipita al andén mientras afuera la lluvia nos espera ansiosa para empezar a jodernos la mañana.
Mary — 22-10-2005 19:26:57
P.O.G — 22-10-2005 19:32:40
Matu — 09-11-2005 19:39:15