Los lunes, descanso...si me dejan.
Hoy es lunes. Generalmente, mi día de descanso, es el lunes. Es la una del mediodía y decido ir hasta mi oficina-academia, en Kawasaki, para hacer un poco de limpieza. Por el “shotengai”, la calle comercial de mi barrio, cercana a la estación, estrecha y muy larga, circula poca gente en estos momentos. A lo lejos veo una niña intentando apilar una caja de cartón sobre otro montón de cajas. Debe tener cinco o seis años. Según camino, la voy observando. Lanza la caja una y otra vez hacia arriba pero sin resultado. Vez que lanza, vez que vuelve a caer sobre ella. Cuando llego a su altura cojo la caja en el aire y, antes de que le caiga en la cabeza, la deposito sobre las otras. La niña, me mira agradecida y, arrodillándose, inclina su cabeza ante mi, tres largas e interminables veces. Su abuela, sentada dentro de su pequeño quiosco de golosinas, me sonrie y asiente. El saludo me recuerda una serie sobre samurais que hay en televisión por las tardes llamada “Mito Komon”. Samurai que no se arrodilla, samurai que se lleva una hostia.
Voy llegando a la estación y, por el lado opuesto de la calle, frente a mi, cruza una japonesa cincuentona ataviada con una minifalda vaquera, de escándalo, con dos preciosas piernas que te levantan el ánimo y alguna otra cosa más. De las de siete y sin sacarla. En un banco varias estudiantes de “koko”, instituto, tan gritonas como siempre, la miran descaradamente. Llevan minifalda a cuadros, más arriba de lo normal, como ellas solo saben hacerlo, para incitar y dar morbo, rebeca Ralph Laurent, lacito rojo, calientapiernas blancos y la bolsa de estudios con mil y un colgantes en su parte de atrás, junto al móvil. Se levantan y se dirigen a la estación, detrás de la cuarentona, observándola. Yo, el último, controlando a todas.
Por altavoz, se anuncia inminente la llegada del tren. El sonido lo delata. Las estudiantes echan a correr escalera arriba, poniéndose, dos de ellas, su bolsa escolar atrás, contra la falda, para que no se les pueda ver nada. La otra “kokonauta” pasa de tomar medidas, debajo lleva una malla tipo ciclista, corta y ajustada, azul. La cincuentona, en su intento de agilizar el paso, deja entrever todo lo que lleva y lo que no lleva, sin mirar atrás ni taparse. Yo asciendo los escalones de dos en dos, sin apartar la vista. Dos “salarymanes”, que regresan a su oficina, se quedan parados con la boca abierta, sin poder reaccionar, observando el prodigio de la madre naturaleza.
Entramos todos en el vagón de cabeza, junto a la escalera, apresuradamente. Las escolares y yo vamos de pie. Frente a nosotros, la escandalosa, sentada en los asientos especiales para embarazadas y jubilados. Sabiendo que todos la estamos mirando cruza las gloriosas piernas. De pronto, me viene a la memoria, la imagen de la protagonista femenina de “Mito Komon”. En treinta y tantos años que lleva emitiéndose la serie, sale desnuda en todos los capitulos, siempre enseñando el pecho, del que va bien servida, y las estilizadas piernas, mientras toma el “ofuro” caliente en una antigua bañera de madera. La cincuentona minifaldera, es de esas. Yo voy a cien. El espectáculo dura nueve minutos, hasta la estación central de Yokohama, donde baja. Hoy los “panchiras”, mirabragas, se van a dar un gusto.
Las tres estudiantes se sientan en los asientos de jubilados. El tren casi circula vacío. Comienzan a contar billetes de diez mil yenes y hablan de “Vuitton” y “Prada”. Cada una tiene un buen manojo de billetes en sus manos, que seguro proceden del puterío encubierto del fin de semana en el barrio tokiota de Shibuya. Deben haber estado haciendo “felaciones” y otras “artes” durante todo el fin de semana. Es sabido, que una de cada cuatro escolares japonesas, practica este tipo de prostitución encubierta para costearse los gustos y gastos que sus padres, no pueden o, no quieren darles y, no ser apartadas del grupo de gente donde pululan habitualmente… “Si mis amigas lo hacen, yo tambien”.
Me bajo en la estación central de Kawasaki. A la salida, un “buscaputas”, aprendiz de mafioso (chimpira ), conversa con una chica para convertirla en “artista” y hacerla famosa. Ella, dubitativa. Al lado, un policía subido en un cajón, controla todo, pero ni se inmuta. Hace oidos sordos. Camino por el “shotengai” que me lleva a mi oficina, lleno de bicicletas aparcadas a la izquierda de la acera y lleno de tiendas y bares a la derecha, por el centro de la acera, frente a mi, caminan en ropa deportiva varios grupos de “masajistas” orientales de diversa procedencia: chinas, rusas, tailandesas, coreanas. Todas recien levantadas y duchadas, con el pelo mojado, oliendo a melocotón y fresa. Donde hay pelo hay alegría. Todas salen a comer. Y de pronto, bajo de mi nube y me digo: “Tu, cabrón, a limpiar la oficina”.
alicant4ever — 27-02-2006 20:41:21
Tony — 28-02-2006 03:11:46
Rubbens — 28-02-2006 17:46:01
x — 01-03-2006 03:29:59
x — 01-03-2006 03:32:44
x — 01-03-2006 03:40:42
Rubbens — 01-03-2006 14:43:17
Lukre — 01-03-2006 14:59:47
x — 01-03-2006 16:14:56
x — 01-03-2006 16:16:27
nairbic — 02-03-2006 00:42:46
Lukre — 02-03-2006 18:53:49
x — 02-03-2006 22:53:42
lukre — 03-03-2006 08:16:33
Lalo — 04-03-2006 00:47:55
x — 04-03-2006 11:10:15